K.O.I.

Sobre la naturaleza de las cosas, el único texto que se conoce del poeta romano Lucrecio, nos describe la cosmovisión del atomismo, tal vez la ciencia más avanzada del mundo antiguo. Mediante un razonamiento lógico, y sin tener los medios para comprobarlo empíricamente, los atomistas llegaron a la conclusión de que todos los cuerpos del universo debían poder reducirse hasta un mismo componente indivisible, el átomo, cuya existencia no fue demostrada hasta el siglo XIX. Según su aguda, aunque, por supuesto, prematura interpretación de la realidad, lo único que realmente existía eran átomos dentro de un vacío infinito, de manera que no solo los astros y el cuerpo humano debían estar compuestos de lo mismo, sino también nuestra conciencia, y el hecho de que los seres humanos tuvieran memoria significaba que la materia la poseía también.

Hoy en día, con el desarrollo de la ciencia moderna y tras el advenimiento de la astrofísica, sabemos que, después de haber viajado durante años a través del espacio, la luz estelar que detectan nuestros telescopios puede brindarnos información precisa sobre la composición química de cuerpos celestes lejanos, y que, efectivamente, estos están compuestos de los mismos elementos que hallamos en nuestro planeta.

La luz tiene memoria y nos habla siempre de lo que ya ha sucedido. Ya sea al comparar nuestros rasgos con los de un antepasado en una fotografía o al estudiar el espectro electromagnético de una estrella extinta, y descubrir que esta, al igual que nuestro sol, también estuvo compuesta principalmente de helio e hidrógeno, pareciera que a través de la luz no solo estuviéramos indagando en nuestra procedencia, sino rememorándola. Tal vez esta sea la razón por la que la astronomía nos despierta un extraño sentimiento de nostalgia; la sensación de una inminente pero irresoluble reconciliación con un origen que hemos olvidado, pero cuyo recuerdo, poco a poco, la luz nos ha permitido volver a esclarecer.

El futuro, en cambio, siempre será oscuro. Lucrecio jamás habría alcanzado a imaginar que, más de mil años después de haber sido escrito, su poema sería recuperado de la ignominia a la que fue confinado por las instituciones políticas y religiosas que se beneficiaban del temor a la muerte; mucho menos que su visión de un mundo materialista, en el que no había lugar para los dioses, desencadenaría una serie de reflexiones filosóficas y hallazgos científicos que, tras jugar un papel decisivo en conducir a la humanidad del oscurantismo a la ilustración, terminarían por desentrañar los misterios de la luz y comprobar que, naturalmente, el ser humano forma parte integral del universo.

Nuestra imaginación es perspicaz y, a partir de indicios o síntomas, nos permite deducir lo que está por venir. Como los atomistas, podemos desafiar los límites de nuestro entendimiento, dirigir un haz de especulación hacia el porvenir y vislumbrar las formas difusas de las cosas que vienen. No obstante, en algún punto más adelante, la luz de nuestras intuiciones inevitablemente se desvanece, entre destellos y sombras.